Septiembre 2012

SEPTIEMBRE 2012

Ser madre es de todo menos idílico e ideal… ¿verdad? Conseguir que tus hijos se comporten sin que tengas que coserles a gritos es casi un cuento de hadas, pero descubrir en la oficina que has cogido piojos no tiene precio… ¡las aventuras de Margarita nos son tremendamente familiares!


Madres con piojos

(28/09/12)

Suelen decir nuestras abuelas que los niños contagian alegría y felicidad en cada casa a la que llegan. Nada más cierto. Los niños son una fuente de contagio permanente de alegría, risas, felicidad…pero también de mocos, piojos y enfermedades de toda índole.

Sólo hace dos semanas que los míos están en el colegio y ya han traído a casa una serie incuantificable de estafilococos y otros seres unicelulares. De momento los hemos conseguido burlar porque con tres peques en casa, mi marido y yo estamos ya más preparados para nuestra defensa personal que Chuck Norris en un claro de la selva.

Pero este año hay algo que me ha pillado desprevenida, fíjate tú. El martes pasado empecé a rascarme la cabeza como si me fuera la vida en ello, juro que a ratos sentía como si una horda de hormigas se estuviera haciendo un dúplex bajo mi moño. Le pedí a una amiga que me mirara en secreto, por aquello de no levantar sospechas y descubrió cuatro piojos grandes como garbanzos campando a sus anchas por mis mechas recién estrenadas. Casi perezco en ese instante. ¡¡Yo con piojos!! Una señora hecha y derecha, limpia y aseada, con sus tacones, su bolso de mano y su tarjeta de acceso a un edificio rimbombante donde trabajan personas que tratan temas de gran importancia para la humanidad entera? Juro que no me lo podía creer.

A la mañana siguiente pasé por la farmacia antes de ir a la oficina (bueno, antes de ir a la oficina y después de organizar cena para 5 y hacer la ronda entre guarderías y colegios y otras quince cosas más que ya no recuerdo haber hecho) pero a lo que iba, pasé por una farmacia y con el producto milagroso en una bolsa me fui a trabajar. Lo llevaba escondido en lo más profundo del bolso pero aún así sentí que todo el mundo podía verlo con sus rayos equis y cuchicheaban por ello a mi paso “Mira, ésa es la piojosa”.

Piojosa. Piojosa. Piojosa. No podía quitarme la palabra de la cabeza… Aún así intenté no rascarme ni una sola vez en todo el día, pero no tuve éxito. Al menos en una ocasión tuve que correr al baño, dispuesta a despellejarme el cuero cabelludo si fuera necesario. Después de salir del baño, despeinada como un perro de lanas después de bajar de la noria, sólo pude sentarme en mi sitio a disimular hasta la hora de salir.

Por la tarde en casa desinfecté a toda mi camada pelo por pelo y lavé a seiscientos grados cualquier cosa que hubiera rozado nuestras cabezas en los últimos tres días. Agotada me metí en la cama y soñé que me quedaba calva. Y oye, que no me importó. ¡A saber lo que me ahorraría en disgustos! … ¡Y en mechas!...

Envidio a esas madres

(21/09/2012) Envidio a esas madres

Envidio a esas madres que no gritan, ésas que son capaces de mantener a raya a cuatro hijos, un perro y un repartidor que nunca llega a tiempo, sin elevar la voz más de lo necesario para que le oiga el cuello de su camisa o alguien que en ese momento se encuentre abrazándolas fuertemente.

Las envidio porque son serenas, pausadas, y además siempre llevan el moño bien hecho y la manicura impecable. Las envidio porque me recuerdan todo lo que yo quiero ser y no puedo, o no me sale, o simplemente no sé.

Adoro verlas dar instrucciones con precisión, órdenes a las que no se les puede poner ni un pero, órdenes ante las que un juez de silla sacaría sin dudar el cartoncito del 10 ante el aplauso general. Es un gusto ver cómo manejan a sus hijos - ahora para acá, ahora para allá, esto está bien, esto está mal - sin que el enfrentamiento suponga ni una sola discusión, ni mucho menos una lágrima.

No hay muchas, es cierto, no es un ejemplar que abunde mucho en esta jungla nuestra de hoy en día, pero verlas en acción cuando consigo pillar a alguna en su hábitat es una verdadera delicia. La miro desde la lejanía y de repente todo parece tan fácil… te paras, observas, razonas, explicas con detalle, te entienden y te hacen caso. ¿No es genial?

Seguro que ellas no se sienten como una hiena hiperventilada cada vez que en un restaurante sus pequeños se revuelven como okupas en un desalojo. Vuelan servilletas, caen sillas…Normalmente los míos dejan de tirar los cubiertos y de mover el mantel a su antojo cuando Pablo o yo lanzamos un grito al aire, audible tres pueblos más para allá. Es nuestra mejor forma de decir basta, aunque lo hayamos advertido ya en seis idiomas y hasta con mímica, cante y bailes regionales.

Reconozco que yo suelo aullar a la primera de cambio, en parte para que me hagan caso y en parte para desahogarme y descargar tensión acumulada. Una forma de canalizar todo lo que almaceno a la espalda tan buena o mala como otra cualquiera, supongo. Grito para llamarles, grito para ordenarles, grito para castigarles y hasta para celebrar algo con ellos. Para darles sorpresas, para avisarles de un peligro, hasta cuando están callados y quietos, sí, ahí también grito… por si acaso…

A veces termino el grito y me queda una horrible sensación de fracaso, de no saber hacer las cosas de otra manera pero la alejo a manotazos, espantando pensamientos como moscas, porque la culpa es la peor y más desastrosa amiga que sin duda tuve jamás.

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