MAYO 2012

MAYO 2012

¿Qué pasa cuando te ves en un “1 contra 3” en el parque frente a tus hijos, o cuando (al fin) tienes la oportunidad de ir a una fiesta chic y lo que no tienes es nada de ropa para ponerte? Margarita nos lo cuenta con su gracia habitual, ¡diviértete!


Y las vecinas del barrio me llamaban loca

(18/05/12)

¿Alguien se ha fijado alguna vez en cómo camina una madre por la calle? Se nos distingue a la legua. Nada de caminar pausadas, rectas, comiendo pipas y disfrutando del paisaje. No. Una madre nunca camina erguida porque siempre anda recogiendo los enseres de los niños que se caen al suelo, y a veces incluso a los propios niños que con frecuencia tienden también a caerse al suelo. En definitiva, ella siempre a medio erguir. Siempre en semi-flexión. La columna vertebral de una madre es lo más parecido a la de un neandertal que he visto en mi vida.

Yo creo que el encorvamiento empieza a manifestarse ya en el embarazado, cuando el peso de tu apéndice frontal hace que te inclines hacia delante por puro miedo a volcar. Después, cuando el niño nace, apoyarte en el cochecito de paseo te yergue un poco, pero tampoco mucho, hagas lo que hagas siempre queda cierta joroba. En cuanto te haces con el manejo del cuatro ruedas y te sientes más cómoda con su conducción, comienzan a salirle a los mangos del cochecito cientos de bolsas colgadas que te harán pasear por la calle como si fueses un afilador. Es impresionante la cantidad de bolsas, abrigos y paquetes que le caben a un cochecito de bebé y la facilidad con que todos ellos pueden caerse al suelo. A la vez.

El martes pasado por la tarde, después de recoger a los dos mayores del cole, me agarró una vena pastoril y me fui a un parque bastante alejado de casa para que corrieran a sus anchas. El camino de ida fue traumático, pero la vuelta no os la podéis ni imaginar.

Con los niños ya cansados y rezongones porque no querían andar y la pequeña berreando en su cochecito porque sus hermanos querían echarla a patadas para poder tumbarse ellos, lo menos que podía hacer era parar en la misma acera, sentarme y ponerme a llorar. Los niños se cruzaban entre mis piernas, se pegaban entre ellos y con cualquier otro que pasara por la calle, mientras a mí se me caían las bolsas… y las chaquetas…y los palos del sombrajo también.

Así que hice lo que tenía que hacer: ponerme a gritar como las hienas amenazando a diestro y siniestro con no probar un postre hasta verano si alguno más volvía a desobedecerme. A punto estuve de castigar también a una señora bajita que paseaba a su perro por los alrededores, que dime tú a mí, con tanto niño una llega a confundirse… Afortunadamente era un vecindario alejado del mío, de no ser así ya estarían murmurando las vecinas sobre la necesidad de ingresarme en una clínica de reposo para los nervios.

En fin, los gritos surtieron efecto durante, digamos, más o menos seis minutos, tras lo cual volvieron a tirarse al suelo, revolcarse por la arena, remover con palos todas las cacas de perro que encontramos y un sinfín de cochinadas más. Todo esto mientras yo los arrastraba de la capucha del chándal o directamente del flequillo, que con tanto movimiento pendular una ya no sabe de dónde tirar.

Muchas veces pienso que las señoras que pasean con sus niños perfectamente conjuntados, impecables, asidos al manillar del cochecito, quietitos y sin decir ni mú, en realidad los medican antes de salir de casa. Porque si no, es imposible. Los míos nada más salir al portal ya muerden al portero en las rodillas … ¡y me niego a pensar que sean la excepción…!

Hablando de partos

(11/05/2012) Hablando de partos

Si reúnes a más de tres madres en una sala, les das un café o un refresco y las dejas diez minutos a solas, seguro que terminan contándose sus respectivos partos. No falla. No sé qué tendremos las mujeres que hemos parido que nos impulsa a contar la experiencia al mundo, y con meticulosidad periodística además. Sin vergüenza ninguna contamos cada detalle por íntimo y escabroso que sea, aunque no tengamos ninguna intención de volver a ver a esa persona jamás en nuestra vida o aunque la conversación tenga lugar en la cola del tinte, ante el estupor general.

Pues eso mismo me pasó a mí la semana pasada. Estupor general. ¡Mucho estupor general! Mi jefe organizó una reunión con la oficina mexicana de la empresa a través de videoconferencia y yo lo preparé todo meticulosamente. La presentación, la documentación, la conexión RDSI con la otra oficina. Dos horas antes de que empezara ya estaba todo dispuesto, que cuando me pongo no puedo ser más eficiente, leches.

Mientras llegaban los asistentes convocados de nuestra delegación en España conocí a dos compañeras muy simpáticas y con el mismo grado de verborrea que yo. Entre presentaciones y demás conversaciones banales a los diez minutos nos vimos envueltas en una discusión sobre si es mejor parir en un hospital público o en uno privado, los inconvenientes de la cesárea o la facilidad con que las vecinas te comentan a bocajarro los kilos de más que se te han quedado instalados en el lomo. Hasta ese momento no nos habíamos visto las caras pero a día de hoy ya sé que el parto de una de ellas duró 47 horas porque el niño venía de nalgas y con 2 vueltas de cordón y los problemas de la otra con una mastitis y 2 hemorroides.

Ante tanta confidencia me vi en la obligación de corresponder y finalmente les conté cómo en el primero de mis embarazos rompí aguas en el cine durante el estreno de la película “Camarón” y lo divertido que fue cuando entre mi marido y un señor de gafas que se sentaba a nuestro lado me sacaron en volandas hasta depositarme en el coche. Y yo sin soltar la bolsa de palomitas y el refresco de medio litro. Ante las risotadas generales me vine arriba y también les conté el postparto, la episiotomía tamaño carretera comarcal que me hizo aquel ginecólogo con alma de ingeniero de caminos y la cantidad de veces que tuve que sentarme sobre un flotador infantil con cabeza de pato porque a duras penas era capaz de depositar mis posaderas sobre una superficie mínimamente dura. Mientras lo contaba todo eran muestras de aprobación, me sentía tan comprendida que no paré de hablar en veinte minutos, sin apenas darme cuenta de que la sala ya estaba repleta de gente porque la reunión estaba a punto de comenzar.

Lo más bochornoso no fue que mi jefe y Sr. Director de Administración conocieran el estado de mi matriz tras el parto, lo peor fue darme cuenta de que mi discurso había cruzado el océano hasta hacer partícipe a toda la delegación mexicana porque la conexión había estado activa desde el inicio de nuestra conversación.

- Desde México damos las gracias a la Sra. Peláez, la Sra. Cifuentes y a una tercera asistente que no tenemos identificada por esta clase magistral sobre parto, postparto y puerperio – dijo jocoso el Director general desde allende los mares – ahora cuando quieran podemos comenzar con el tema que nos ocupa.

Con la cara fucsia y un bochorno jamás visto, analicé la ubicación de las puertas de salida de emergencia de la sala y, al ver que quedaban algo lejos, sopesé meterme bajo la mesa hasta que terminara la reunión. Pero finalmente me disfracé de persona valiente y me quedé a aguantar el chaparrón y las incesantes bromas que me cayeron encima cuando dimos por terminada la sesión y aquel maldito botón de la videoconferencia volvió a la posición de off.

Una, que es de verbo fácil, qué le voy a hacer…

La vida social de mis hijos

(04/05/2012) La vida social de mis hijos

Parecerá una tontería pero me temo que mis hijos comienzan a tener más vida social que yo. Víctor, el mayor, lleva tres cumpleaños en lo que va de mes. Y a Bruno le han invitado este fin de semana al parque de atracciones con los padres de un compañero de clase. Si es que no se puede ser tan simpático, fascinante y cautivador, por favor...

Lo de los cumpleaños me tiene absolutamente impresionada. Recuerdo que cuando era pequeña mi madre invitaba a tres amigos y tres primos a casa, sacaba patatas, ganchitos y refrescos de sabores y colores inciertos, y luego jugábamos todos con los juguetes que me acababan de regalar, con el consiguiente destrozo y posterior dramón por mi parte. Con un poco de suerte algún año había piñata y conseguíamos que algún niño se descalabrara con los caramelos almendrados que tanto le gustaban a mi abuelo, pero ahí quedaba todo. Esa era toda la emoción que podía esperarse de una fiesta infantil de ese estilo. Nada de sesenta personas y tres animadores infantiles, metidos todos en un recinto con pista de atletismo, tres trampolines y dos camas elásticas, de donde luego salen los niños más descontrolados que los búhos de unafterhours. Ya de noche llegas a casa, cargando con el niño y con su subidón de glucosa, e intenta tú meterle en el baño mientras salta por encima de los sofás y rasga con los dientes las cortinas. Sus hermanos, bañados y cenados ya, le miran como si acabara de llegar de la selva. Y de ahí mismo ha llegado, del mismito centro de la selva.

Si eso lo multiplicamos por tres en un solo mes, las consecuencias son devastadoras para la psiquis del niño, pero casi más para la de los padres. Recuerdo una ocasión en que no pude dejar a los pequeños con nadie y tuve que ir al cumpleaños en cuestión con la niña en brazos y con SuperBruno amordazado y con bozal. Aún así se me escapó dos o tres veces y el animador tuvo que sacarle por los pies y depositarle con cariño a mi lado. Por suerte no hubo necesidad de recurrir a los dardos tranquilizantes y yo lo agradecí sobremanera.

Los planes de fin de semana con otros niños de la clase tampoco llegan a entusiasmarme del todo, básicamente porque eso nos obligará a organizar otro plan en un futuro para esos mismos niños, más tres adicionales a los que decida invitar mi hijo en el último momento, que el niño me ha salido con alma de dinamizador de reuniones. Este sábado Bruno se va con los padres de un niño de su clase, a los que previamente me he visto obligada a frecuentar, conocer e investigar, porque si se van a llevar un pedacito de mi familia, deberé conocer hasta sus detalles más escabrosos, está claro.

Después de otorgarles un ok con boli rojo en la inspección, finalmente accedimos, pero me siguen pareciendo prematuras estas citas grupales con cinco años recién cumplidos, la verdad. ¿Qué harán cuando tengan diez?... ¿Unas vacaciones en Aspen? ¿Y quien se las va a pagar?... ¿Rita?

Viendo como se están desarrollando de rápido los acontecimientos, no descarto que mañana me llame alguna madre de la guardería de Marina para invitarnos a un cumplemés o a una celebración por inminente salida de diente. Aunque en ese caso los planes serían más pausados, porque dada la edad de los asistentes no pasaríamos de gateos inocentes o como mucho algún culetazo o traspiés al intentar trepar a una banqueta, nada evitaría que tuviera que comprarle un regalito al homenajeado… Por cierto, ¿alguien sabe qué se le regala a un bebé cuando está a punto de salirle un diente…?

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