Marzo 2013

MARZO 2013

¡Cuántas cosas cambian cuando te conviertes en madre! Para empezar, la intimidad, se convierte en esa gran desconocida, y la economía… mantenerla estable pasa a ser una actividad de riesgo cuando tus hijos no paran de perder cosas, tan básicas, tan básicas, como los zapatos del uniforme. ¿Y para ti, qué ha cambiado?


El baño, ese lugar donde ya nunca estarás solo

29/03/2013

No conozco a ningún padre que se haya dado una ducha tranquilo desde que obtuvo ese título. Duchas si he dicho bien, porque, ¿acaso existe desde que eres padre/madre la posibilidad de darse uno un baño tranquilo? Como que no, no nos engañemos y lo de la ducha lo seguimos haciendo por aquello de no apartar a todo aquel que se nos arrima. Porque aunque vayamos siempre con alguna mancha de extraña y ajena procedencia os prometo que los padres nos aseamos. O lo intentamos al menos … porque si por los hijos fuera, ni baños, ni duchas ni lavarse los dientes… por no hablar de sentarse un rato en soledad a “hacer de vientre” como diría mi abuela.

Lo del pis, si eres de lo que lo haces rapidito aún tienes posibilidades de hacerlo solo pero vaya, más de una vez he tenido que escuchar a uno de mis hijos asomados a mi entrepierna preguntando paternales ¿te limpio? Noooooooo. Por favor, ¿intimidad? ¿Pero eso existe?

No recuerdo ya en qué punto de mi maternidad perdí la intimidad, desde el mismo momento que tienes un hijo ya siempre que acudes a ese lugar de la casa lo haces sin cerrar la puerta, para qué!. Cuando son bebés porque suele pasar que justo en ese mismo momento y no otro no, el padre de la criatura requiere tú presencia o hacerte una pregunta sobre el manejo de la criatura que acaba de llegar a vuestras vidas. Luego pasan los años y ya nunca estarás allí solo… y solo y tranquilo ya olvídate. Ni para ducharte, ni para sentarte un rato en el wáter ni si quiera para peinarte, lavarte los dientes o maquillarte. No hijos no, las estrellas se alinean y no sé porqué leches, es cruzar el umbral del baño y:

  1. Comienzan las peleas, viene uno, luego el otro, que si ha empezado él…
  2. Tengo hambre…. He llegado a pensar que en ese preciso momento tienen un reloj que está coordinado conmigo y oye es entrar y el hambre les acecha.
  3. No lo encuentro… muy recurrido también. Aquí interviene ya hasta el padre, nadie en mi familia encuentra nada cuando yo entro en el baño
  4. Te llaman por teléfono… si estuvieras sola ni te enterarías o si lo oyeras ya lo atenderías después, pero ellos no. Ellos descuelgan y le cuentan lo que estás haciendo o pretendes hacer al interlocutor y todo mientras por su puesto te llevan el dichoso aparatito.
  5. Mamáaaaa necesito que vengas. Aquí entran múltiples casos, desde péiname que papá dice que se va a… se ha acabado su serie favorita y no encuentran el mando, pasando por la pequeña que se ha estampado o la ha liado con alguna trastada…

Mira los que no sois padres no me digáis aquello de cierra la puerta y problema terminado no hijos míos no. Mis pequeños terremotos son capaces de tirar la puerta abajo ante una necesidad (para ellos cualquier cosa es una necesidad), por no hablar del estrés que te provoca estar dándote una ducha y estar oyendo como mamporrean tu puerta como si no hubiera mañana… lo he probado y os juro que dentro de lo malo es mejor dejarla abierta.

Lo mejor es que cuando me voy a un hotel por trabajo, mis compañeros piensan que me ha dado un síncope ahí dentro porque tardo interminables minutos en darme una ducha… tranquila, sin ruidos, dejando correr el agua… es la única vez que vuelvo a recordar cómo era aquella sensación.

Por no hablar de lo de leer en el cuarto de baño, porque eso amigos, una vez que comienzas a ejercer la preciosa profesión de la maternidad también se limita a leer las etiquetas de los champús y demás botes que tienes cerca. Lo del libro y las revistas, como que no.

Contadme, cual es vuestro record de permanencia solitaria en el baño por favor y hagamos un ranking

Mamá, he perdido un zapato

08/03/2013 Mamá, he perdido un zapato

Los jueves es el único día de la semana que voy un poco más desahogada. Los mayores tienen fútbol y mi madre recoge a la pequeña, así que es cuando aprovecho para ir al gimnasio siempre y cuando el trabajo me lo permita y una inoportuna reunión no se entrometa entre mi agenda y mis michelines, que por cierto, piden a gritos un poco de ejercicio.

Llego a casa sudorosa al final de la tarde, con el maletín del trabajo, la bolsa de deporte y un par de bolsas más del súper. Sí hombre sí porque mientras luchaba contra mis michelines encima de esa tortuosa cinta de correr, en lugar de evadirme y pensar que estoy corriendo por un campo lleno de margaritas, a una que es boba, le da por repasar balda por balda la nevera familiar.

A lo que voy, llego a casa con ganas de soltar todas esas bolsas que me están cortando la circulación cuando los dos mayores aparecen a mi encuentro… Malo, pienso en “cerocomasegundos”. Ya sólo viene corriendo a darme un beso cuando oye la puerta la pequeña. El mayor con cara de haber matado a alguien empieza a balbucear mientras su hermano se parte de risa detrás de él y grita deseando que el otro suelte la primicia… que te cuente, que te cuente.

En ese preciso momento, no sé si quiero escuchar lo que mi querido hijo me quiere contar. La experiencia es un grado y sé que no pintan nada bien las noticias que me van a dar. Mientras intento llegar al salón, suelta, mami, no te lo vas a creer…. ¡He perdido un zapato en el cole!

Ante mi cara de incredulidad sólo acierto a decir y ¿cómo has venido, a la pata coja? En ese momento mi cabeza no recuerda que es jueves y el susodicho pierdecosas tenía fútbol. No mami con las zapatillas pero no te enfades, yo creo que me lo habré dejado en el vestuario. Creo, creo?... noto que se me empieza a erizar el pelo, pues mi cabeza se apresura a hacer una lista de lo que llevamos desde comienzo de curso: un par de balones, varias bufandas, guantes a tutiplén, un gormiti, coches, calcetines…. Cuando Víctor suelta emocionado, pero mamá ¿sabes el qué? hemos ido al cajón de los objetos perdidos y ¡estaba la bufanda gris!

Mientras pienso donde habrán puesto la dichosa bufanda para llevarla cuanto antes a la lavadora y ponerle un programa de 60º mínimo, Bruno muerto de risa dice, ¿y a qué no sabes lo que había mami?.... no quiero, no quiero que me lo cuente me repito para mis adentros. Unas bragas con caca mamá y Marcos las ha tocado… Lo sabía, lo sabía, faltaba el broche final. Mientras me recompongo de la historia y sin ganas de escuchar nada más Víctor se acerca y me suelta con su cara de no haber roto un plato: mamá, no te preocupes porque mañana, aunque no me gustan, me pongo esos zapatos tan feos que me compraste… En ese momento una que es madre por encima de todo, no sabe si mandarle a su habitación o comérsele a besos.

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