Junio 2012

JUNIO 2012

Las mamás nunca dejamos de ser mujeres que necesitan un poco de vida femenina para sobrevivir… o por lo menos para seguir estando “cuerdas”. Llamémoslo media hora de relax en la bañera o salir a cenar con las amigas, Margarita nos lo recuerda en estos post, ¡y es que no debemos olvidarnos de cuidarnos un poco!


Margarita se va de marcha

(22/06/12)

Llevaba más de dos meses preparando esta reunión de ex compañeras del instituto y por nada del mundo pensé echarme atrás…y eso que había muchas cosas en mi contra.

En primer lugar, cuando me puse a recopilar amigas a través de Facebook vi con horripilación que en sus perfiles todas salen estupendísimas, delgadísimas y súper románticas, a base de primeros planos maravillosos con mares de fondo o espectaculares puestas de sol. Yo en mi perfil tengo una foto de familia en las escaleras del portal de mi casa, en la que no se nos distingue la cara a ninguno porque previamente Bruno había chupado el objetivo sin que nadie le viera, pero en cambio se puede apreciar perfectamente una enorme mancha de puré verdoso sobre mi pechera. Qué cruz.

Cuando mandé el mail comunitario que indicaba día y hora de la reunión todas me contestaron encantadas con la propuesta, excepto Maripi, que le pilla un poquito a trasmano porque ahora es consejera delegada para Oriente Medio de una multinacional cosmética y vive en Catar. Flipa con Maripi. Si a los 18 años no sabía ni lo que era un eyeliner y le tenía que prestar yo el que le robábamos con sigilo a mi madre.

El momento de elegir outfit para la reunión fue de lo más traumático, porque como ya he comentado en alguna ocasión, lo más actual que hay en mi armario es una camiseta de la Selección Española del año 2011. A pesar de ello me engalané como sólo una madre que ansía vida social sabe hacer y dejé a los polluelos a salvo en casa con Pablo, papácanguro. Los instantes previos a abrir la puerta y echar a correr fueron tensos, porque en mi interior luchaban encarnizadamente mi “parte madre” que se moría de pena por no poder acostarles esa noche y mi “parte bailonga” que deseaba no llegar a acostarse esa noche. A base de empujones y veladas collejas, ganó mi parte festivalera y conseguí cerrar la puerta de casa sin ser vista. Antes, bajo el umbral, mi marido me deseó suerte como a los toreros, encantado de perderme de vista, pero a las dos horas me llamó histérico porque no conseguía encontrar el jamón de york. “Está donde siempre” – me dieron ganas de decir, pero me contuve no fuera a ser que cogiera un taxi y se plantara en el restaurante con los rulos puestos y los tres churumbeles en brazos.

La cena fue espectacular, imaginaos una mesa con 15 mujeres hablando todas a la vez como auténticas “aves exóticas” porque teniendo en cuenta los ropajes de vivos colores con que algunas acudieron al evento ni siquiera se nos podía catalogar como simples “loros”. ¡Pero nos reímos tanto! Nada como verse casi veinte años después para encontrar encantadores aquellos pequeños defectos que antes nos exasperaban de los demás.

Antes de empezar a cenar dedicamos diez minutos a contarnos las batallas infantiles y a enseñarnos fotos con profusión neurótica para así evitar estar toda la noche hablando de los respectivos retoños. Y resultó. Tras el segundo coctel, algunas ya hasta confundíamos los nombres.

A las tantas de la mañana llegué a casa ligeramente mareada, bastante aireada y con el estómago lleno de margaritas, no podía ser de otra forma…

Hora del baño, empieza el festival

(08/06/2012) Hora del baño, empieza el festival

Recuerdo que cuando eran bebés, la hora del baño era uno de lo momentos más dulces del día. Esos pequeños rollitos de carne se deshacían por un momento de losbodies, peleles y pelajes varios para flotar en el agua como rechonchos nenúfares. Después los embadurnábamos de crema, les daba su cenita y volvían a dormir a sus anchas hasta que el estómago les hacía de nuevo llamadas angustiosas. Tras el proceso, el baño dejaba en casa una sensación de calma y olor a bebé que hacía relamerse a cualquiera que osara visitarnos a tan intempestivas horas.

Apenas han pasado cinco años y el escenario ha cambiado una barbaridad.

En cuanto pronuncio las palabras mágicas “Niñosss, al bañoooo” los dos mayores empiezan a desplazarse velozmente por la casa, obligándome a correr tras ellos para atraparlos como si fuesen gallinas en plena huida hacia la libertad. Con el culo en pompa y dando traspiés, esa postura tan de madre, al final consigo atrapar a uno, el mismo uno que se me escapa cuando intento pillar al otro. La pequeña espera mientras sentada en el suelo, riéndose a carcajadas de lo que ella considera un divertido número circense. Nada más lejos. Vamos, que a mí no me hace ninguna gracia…

Tras numerosos gritos y amenazas consigo meterlos a los tres en la bañera, para economizar agua, además de tiempo y esfuerzos, y entonces empieza la batalla campal. Pompas, espuma por el suelo, salpicaduras en el espejo…pero en el espejo que está tres habitaciones más para allá del baño… ahora la bañera es un barco pirata, ahora es una cueva submarina, ahora no quiero que me laves el pelo, ahora le hacemos una ahogadilla a la pequeña verás qué risa, ahora salgo corriendo en pelotillas para que vengas corriendo a por mí…

No dudo de que el momento bañera sea para los niños un momento mágico, lleno de jolgoriosos juegos con los que divertirse y aprender. Qué bonito todo. Pero a las 8 de la noche yo ya no soy persona, estoy tan agotada y con tan pocas ganas de marcha que sólo me apetece untarles de crema como si fuesen tostadas y conseguir que se sienten a cenar. Y durante el proceso, no perder la dignidad ni las formas, a ser posible.

Los días en que su querido padre consigue hacer magia en la oficina y llegar antes para no perderse el momento, yo me relajo un poco. Mientras él juega a guerras de agua y cosquillas subacuáticas con la corbata aún puesta, yo aprovecho para escaparme a otra habitación y oír el jolgorio desde el fondo. Que, oye, con la lejanía casi parece menos jolgorio….

Pero hoy ha sido diferente. Hoy he ganado yo y me he regalado un más que merecido premio. Una vez fuera del agua los tres pescaítos, con papá tratando de cuadrar pijamas y meter la zapatilla en el pie correcto sin llegar a enloquecer, yo he cerrado sigilosa la puerta del baño, he dejado que siguiera saliendo agua y me he sumergido en un gratificante baño de espuma que no disfrutaba desde mis años de universidad. Todo ha ido fenomenal los quince primeros minutos, tras los cuales la puerta del baño ha sido literalmente derribada a patadas al grito de “Mamaaaaaaaaaaaaaa ¿dónde estás?....” Estaba claro que no podía durar mucho.

Nota mental: “Margarita, mañana no olvides echar el cerrojo…”

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