piojos

ENERO 2014

Es decir la palabra piojo y empezar a picarte la cabeza. Es irremediable, nunca quieres que te toque pero si tienes hijos en edad escolar, librarte es más difícil que te toque la lotería.


Los piojos, nuestras mascota

30/01/2014

Sí, amigas, en vista de que no se quieren ir de nuestras vidas, hemos decidido adoptarlos como mascotas. Qué horror, que asco me dan, pero… ¿Por qué existen?
Reconozco que desde que nos han visitado en varias ocasiones ya no les tengo miedo pero aún me pregunto por qué no están en peligro de extinción, pero ¿de dónde salen? Preguntas que solo tienen como respuesta que alguien los suelta desde un helicóptero en los patios de los colegios… Otra pregunta sin respuesta es porque en la notita que te mandan del cole no pone piojos tal cual si no la palabra pediculosis, que será más técnica pero algo así, es mejor que te lo suelten a bocajarro… en la clase de su hijo hay piojos. Sí, y no piojitos no, piojos tamaño XXL que hacen puenting de una cabeza a otra. Ayssss.

Cuando una es madre sabe que se enfrentará tarde o temprano a multitud de cosas asquerosas, que antes nunca hubiera imaginado. Tener una conversación sobre cacas, llevar en su ropa mocos, babas y otros suvenires dejados ahí por los hijos. Quitar una mancha de la cara de tu hijo con saliva, como hacía tu madre… En fin a todo hay que acostumbrase pero lo de los piojos… que no me acostumbro oye. Eso sí reconozco que antes de que ninguno de mis hijos tuvieran a esos inquilinos instalados en su cabeza, me daban pavor y ahora que ya se a lo que me enfrento, me lo tomo de otra manera.

Cuando cualquier amiga me decía que su retoño tenía piojos, me daban escalofríos, soñaba con ellos, no dejaba a mis hijos que se acercaran a menos de 500 metros de los amigos en cuestión, hasta una llega a plantearse enfadarse por una chorrada con la madre de las criaturas durante 15 días, para evitar quedar con la familia infectada. No te digo más. Exagerada que es una, es cierto, pero pasada la experiencia tres veces, ya ni me inmuto. Ahora los piojosos somos nosotros. El primer día crees que será imposible encontrarles si no es con una lupa… ¡mentira! Allí estaban, en los ricitos de mi niño, piojos y liendres a tutiplén pasando unos días con pensión completa y barra libre en su cabeza.

Muerta de asco y con algo de vergüenza como si fueras la única del barrio que va a comprar loción antipiojos, vas a la farmacia y pides bajito que te den todo el kit mata piojos que tengan: lendrera, loción, champú, gorro de plástico…. Con toda la artillería comprada en la que te has dejado un pastón, subes a casa dispuesta a aniquilar uno por uno a esos vecinos incómodos que se han instalado en la cabeza de tu hijo, no sin antes empezar a poner lavadoras a 60 grados como una loca. La sola visión de vernos a los cinco con piojos me produce náuseas. Echas todos los potingues a la criatura y empieza el proceso antipiojil más desagradable para una madre y su retoño. Pasar ese mini peine llamado lendrera mechón a mechón. Mientras tu hijo empieza a echar sapos y culebras por su boca compruebas horrorizada como van cayendo al lavabo asquerosos bichitos negros… alguno hasta tiene el valor de mover las patitas. Será atrevido…

Una vez desinfectada la cabeza y la casa entera, y después de que toda la familia olamos a ensalada tras rociar vinagre por todas las cabezas, la vecina te cuenta que lo mejor es el aceite de árbol de té y allá que te vas a comprarlo como loca. Ahora olemos a una mezcla entre vinagre y árbol de té que ningún piojo va a osar a acercarse a nuestra familia pero me temo que tampoco vamos a poder sociabilizar mucho. Madre mía que olor, lo dicho como vuelvan les adopto de mascotas.

 

Castigando a mamá

Castigando a mamá

24/01/2014

Ser madre es lo mejor del mundo aunque muchas veces tengas la sensación de no llegar a todo y te invada un enorme sentimiento de culpa. Vosotras me entendéis.

Ése parece el hobby preferido de mi hija pequeña en estos últimos días. Castigarme. Lo practica con muchísima más asiduidad que el piano con tres bandas musicales o las maracas que le regaló su abuelo. Por norma general lo llevo bien, pero lo del viernes pasado me dejó un regusto amargo, como de pipa en mal estado.

Casi nunca trabajo los viernes por la tarde así que no suelo comer en la oficina. A las tres de la tarde suelto el boli como si diera calambre y me meto en el coche dispuesta a soportar con entereza los retortijones de hambre y el atasco de vuelta a casa. Pero el viernes pasado tuve un improvisado cambio de planes al verme sepultada por la montaña de trabajo que mi jefe y sus colegas de travesuras decidieron adjudicarme, porque, según sus palabras “Nadie lo haría mejor que tú, Margarita”. Maldita sea mi efectividad y buen hacer, leches, a veces me planteo si no estaré haciendo el canelo con tanta perfección laboral.
No llegué a casa hasta pasadas las once de la noche.  Exhausta, exprimida, todo cuanto os diga es poco. Los niños ya dormían, supervisados y superbesados por su padre, que aceptó sin rechistar anular su cena con amigos porque yo no pude llegar a tiempo para hacerle el relevo. Sin apenas cenar me tumbé en el sofá y aún a día de hoy me resulta difícil recordar cómo llegué hasta la cama.

A la mañana siguiente me levanté presa de un grandísimo sentimiento de culpa por no haber pasado la noche del viernes con los niños, esa noche mágica en que vale cenar pizza con los dedos y luego tirarse en el sofá a ver la tele hasta que el sueño nos deja a todos como coliflores.

Los niños se despertaron los primeros y, la verdad, pasaron bastante de mí y de mis ganas de darles besos de más. Desayunaron, cogieron el álbum de cromos y no volví a saber de ellos hasta las doce. Pero con Marina fue diferente…

En cuanto oí sus ronroneos corrí a la cuna para no perderme ni uno solo de sus murmullos matinales, pero cuando me vio no dijo absolutamente nada. Cierto es que aún no habla mucho pero eso no es excusa porque tampoco quiso que la tocara. Lloró y lloró hasta que llegó su padre a rescatarla y luego se agazapó en sus brazos sin dirigirme ni una sola mirada, ni siquiera de enfado. Nada. Le hice carantoñas vergonzosas para un adulto de mi edad, salté, brinqué, reí, hice seis molinetes con los brazos…y nada. Intenté cogerla y me rechazó. Una, dos, mil veces. Reconozco que me dolió como una flecha en el lomo y que cada nuevo rechazo dolía más y más que el anterior, pero no desfallecí, esperé paciente, le di su tiempo hasta que me permitió estrujarla y meter la nariz en los pliegues de su cuello y a la media hora ya estaba todo perdonado. Sin rencores…

Perdonado sí, pero no olvidado, porque a una le deja la sensación de que o es una madre de manual los 365 días del año y da el cien por cien de lo que sus hijos le exigen o algún día se darán cuenta de que mamá no es perfecta y ya nunca la querrán. Y eso es mucha tensión para unas pobres cervicales…

 

 



De aniversario

17/01/2014

Hace unos días fue mi aniversario, y yo que he sido siempre un hacha para las fechas se me olvidó, menos mal que el día acabó igual de bien que empezó.

Ayer le abrí la puerta al cartero pensando que era él, el cartero, y me sorprendió otro señor, camuflando su cuerpo entero tras un ramo de preciosas margaritas. ¡Cómo podía saber él que me encantan esas flores! Qué cosas…

Me pareció feo recibirle en pijama, la verdad, pero a él no pareció importarle demasiado porque tras conseguir mi firma, se marchó por el foro musitando un inaudible Buenos días.

Me emocionó muchísimo coger en brazos semejante ramo, me sentí por un momento como una artista o una miss, pero tras breves instantes de famoseo imaginario me alarmé pensando qué tipo de explicaciones confusas y tartamudas iba a tener que darle a mi marido si aparecía en esos momentos en el salón. Y apareció.

- No es lo que parece, cariño – le dije muy nerviosa, a medio camino entre la risa boba y la estúpida.
- Mira que eres – me dijo sonriendo y plantándome al tiempo un enorme beso en los morros.
Ahora la confusa y la tartamuda era yo…. ¿Qué me estaba perdiendo?...

Tu aniversario, Margarita, te estabas perdiendo tu aniversario. Al menos eso decía la tarjeta escrita en una preciosa letra Lucida Handwritting , en cursiva manuscrita vamos…

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Has sido lo mejor de mis últimos quince años. Y lo serás de todos los que estén por venir…

¡¡¡Ay, madre, qué bonitoooo!!
¡¡¡Ay, madre, que me había olvidado de mi propio aniversario!!!
Pero totalmente, oye, que no es decir aquello de “lo tenía en mente y se me fue”, nada, cero patatero, niente, nasti de plasti, ni acordarme desde el año pasado….

¿Y ahora qué hago? - me pregunté - ¿Le envuelvo uno de esos regalos de los niños que guardo en el armario por si me sorprende el cumpleaños de un vecinito sin opciones de ir a comprar nada? ¿Me hago la despistada? ¿La olvidadiza? ¿La muerta?... No, ninguna de ésas parecía la mejor opción así que hice lo que toda buena esposa hace por miedo al enfado, al despecho y a que le quiten las flores. Mentir.

- Ay, mi amor, ¡qué precioso ramo!...y qué madrugador… Tu regalo llegará en unas horitas ¿crees que podrás esperar?

Y dicho esto galopé hacia el teléfono para conseguir canguro y reserva para cenar en un restaurante en tiempo record. Y lo conseguí, que memoria tengo poca, pero don de gentes y facilidad para el soborno… pufff…

El resultado fue una noche espectacular al lado de un hombre espectacular que fingió divinamente no darse cuenta de mi olvido. Firmaba por otros quince años a su lado, tan ricamente, oye…

Trabajar desde casa

¿Trabajar? desde casa

10/01/2014

He empezado el año con un trancazo de esos que te dejan echa unos trapos, pero no he estado sola, mi hija ha querido acompañarme con sus mocos. Trabajar desde casa se ha convertido en toda una aventura.

Siguiendo con esta tendencia mía de enfermar según se acerca el fin de semana, un puente o un acontecimiento festivalero del que poder disfrutar, el martes me puse malísima y he estado en cama tres días. Bueno, en cama lo que se dice en cama no, eso es lo que le dije a mi médico, que además es tío mío y muy pesado por cierto; en realidad he estado sentada frente al ordenador una cantidad desproporcionada de horas, pero eso no lo cuento, porque luego me llaman workalcoholic y me parece un palabro feísimo.

…Y es que es muy peligroso tener tan cerquita de la cama ese bicho horrible que te atrapa y no te deja ir, ¿verdad? Un ser ladino que lanza pitiditos y luces de colores desde su mesa, sólo para que vayas a ver si tienes un nuevo email o si alguien te ha etiquetado en Facebook sin tu saberlo y ahora tus ojeras navegan por la red mostrándole a todo el mundo que te has convertido en un oso panda.

Nosotros, listos como somos, comparamos un portátil modernísimo porque pensamos que eso nos daría más libertad de movimientos y nada más lejos, cada día estamos más encadenados a él porque nos lo podemos llevar a cualquier parte. A la cama. Al sofá. Al cuarto de baño. ¡Todo el día conectada!

En la oficina están encantados, claro, porque se han ahorrado el tener que repartirse los tres millones de marrones que manejo diariamente, así que no han tenido ningún miramiento en ir haciéndome partícipe de todos y cada uno de los avances oficiniles, por mail, por SMS, por whatsapp o con seis llamadas perdidas en caso de ser necesario. Qué viva la empatía con el enfermo y el dejar al prójimo que disfrute de su convalecencia en paz…. ¡sí señor!

Al segundo día de baja, mi hija pequeña decidió competir conmigo en estado griposo y me ganó en fiebre por casi dos grados. Todos, yo la primera, estuvimos encantados de que se quedara en casa todo el día, destrozándome los informes, agarrándose a mis piernas y llorándome en el oído, sólo para hacerme ver que estaba mucho más enferma que yo y que necesitaba muchos más cuidados. Mis achaques y mis toses pasaron al cuarto y quinto puesto respectivamente en el orden de prioridades, como era de prever.

Y así me he pasado las 24 horas siguientes, corriendo entre el ordenador, los jarabes y mi propio dolor de cabeza, intentando decidir qué trabajo era más importante para mí, si el informe Newman que presentaremos la semana que viene o sostener una pequeña cabecita infantil mientras vomitaba los polvorones de Navidad.

Que me perdone el señor Newman, pero con todos mis respetos, lo suyo siempre podrá esperar.

 Esto no es una pensión

Esto no es una pensión

03/01/2014

Cada vez me parezco más a mi madre y ya hasta digo frases que oía de pequeña como la de “esto no es una pensión” por eso estas vacaciones me he propuesto buscar una solución.

Tengo clarísimo que no quiero repetir esa frase de madre tan manida de "hijos míos, esto no es la Pensión del Peine" porque inmediatamente me veo a mí misma con rulos, babuchas, los brazos en jarras y un lunar con pelos. Por eso intento que desde pequeñitos mis hijos se hagan cargo de ciertas tareas domésticas, por pequeñas que sean. Esta época de vacaciones es el periodo perfecto para ponerlas en práctica, creando poco a poco una rutina que también sirva para el horario de invierno, cuando el sol se ponga a las seis de la tarde y pasemos muchas más horas entre cuatro paredes, todos juntos en feliz comunión.

Ahora bien, no se trata de que el tiempo que pasen en casa se convierta en una disciplina militar que nos cueste a todos mil y una discusiones y alguna que otra afonía, pero sí es bueno que perciban que en casa tienen algunas responsabilidades que son sólo suyas y otras en las que resulta divertido ayudar.

La diversión es fundamental, sobre todo al principio. Si comienzan viviéndolo como un juego no se les hará pesado y más si ven que es un juego de equipo y que las tareas que les encomendamos, también las cumplimos su padre y yo. De nada sirve pedirles que recojan su habitación si la nuestra parece un dormitorio de monos… Amante esposo, desde aquí te hago un llamamiento para que me ayudes en tan titánico proyecto. El albornoz mojado en la cama, no, eso caca.

¿Y qué tipo de tareas se les puede encomendar a los niños? ¡En cualquier casa hay mil donde elegir! ...hacer su cama, ordenar las cosas de su habitación, ayudar a doblar la colada, recoger lo que desordenan en las zonas comunes de la casa, apagar las luces cuando no se necesitan, poner y quitar la mesa, sacar la basura, cuidar de plantas y mascotas, recoger el correo del buzón, etc.…

Dependiendo de la edad, autonomía y amor por el orden de cada peque, seguro que cada uno encuentra en casa una tarea de la que poder hacerse cargo y así sentirse especial. Si no la cumplen es importante no criticarles demasiado, nada de frases tipo "eres un desastre, Antoñito" siempre resultará mejor alabarles cuando lo hagan, aunque al principio no esté del todo bien y más que "ordenados" sus enseres aparezcan "amontonados". El refuerzo positivo que supone una alabanza bien dada, les hará crecer con una idea muy positiva de sí mismos y fomentará que la repitan.

Y luego, claro está, mucha, muchísima paciencia para recordarles cada día aquello que deben hacer…que ya sabemos todos que los niños tienen mucha vitalidad, pero poca memoria…

 

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