Enero 2013

ENERO 2013

El momento que viven los hijos de Margarita es hiperactivo total, y lo mejor de cuando sus amiguitos van a jugar a casa es el consuelo que le queda a Margarita de saber que “en algún lugar del barrio” hay niños más malvados que los suyos… pero tarde o temprano crecerán y todas volveremos a tener una casa apacible, ya lo veréis, mientras tanto, ¡a disfrutar su infancia!


Hijos buenos, ¿comparados con quién?

(25/01/13)

Con la ciclo-génesis explosiva esta que nos ha asolado en los últimos días, los ratos de ocio en la calle con los niños han resultado más peligrosos que una jaula llenita de monos. Riesgo de congelación, necrosamiento de dedos, escarcha en el pelo, mocos extremos… Así que hubo que poner en marcha el plan C : “Ocio en casa con amiguitos invitados”. El plan B : “Ocio en casa, a secas”, ya lleva días en que no surte efecto ninguno.

Para organizar el plan y sincronizar relojes hablé con las dos o tres madres del cole con quienes mejor me llevo y con una o dos con las que apenas me dirijo la palabra. El fin lo justificaba todo. Tener entretenidos a los niños en estas largas tardes invernales bien merece una conversación a puerta fría. Ellas encantadas, claro, porque eso les permitía poner en marcha el Plan D: “Ocio en otra casa que no sea la tuya”. Gloria bendita, vamos.

De ese modo, todas las tardes de cinco a siete he tenido en casa invitados de baja estatura que han multiplicado por cien mis esfuerzos y desvelos. Seis meriendas, seis pares de zapatillas llenas de barro, seis cabezas por las que preocuparme para que no terminaran descalabradas, todas ellas pertenecientes a seis infantes hiperventilados sin una sola idea buena…

Arturito rompió un grifo con sus propias manos al intentar asirse a él para hacer un mortal invertido. Su hermano Miguel vomitó en el sofá, que oye, aunque el pequeño no tenga culpa de ello, no deja de ser ciertamente asqueroso. El niño de rizos rubios cuyo nombre no recuerdo, y su cara apenas tampoco porque no dejó de correr por mi casa en tres días, se dedicó a meter en el congelador todos los barriguitas de la pequeña, en castigo no sé muy bien por qué. Y encima desnudos, por dios qué frío.

Ismael, un niño angelical, primero de su clase y orgullo de dos padres babeantes, decidió cortarle el pelo al pequeño y le ha dejado un flequillo estilo tazón que yo no sé si llevarle a la peluquería para que se lo arreglen o tonsurarle y meterle a fraile. Ya puestos. Y el vecinito de abajo algo hizo, no sé qué porque aún no lo he detectado, pero algo rompió seguro.

Esta semana me ha traído grandes enseñanzas y enriquecimiento personal: he aprendido por ejemplo que el plan C es una mierda, prefiero infinitamente más el D o incluso el E: “Ocio con su padre”; pero la enseñanza más grande y gorda que me llevo conmigo es haberme dado cuenta de que cada vez que riña a los niños y me plantee cómo es posible que digan o hagan semejantes barbaridades, me consolará saber que en algún lugar del barrio hay algún otro niño haciendo algo muchísimo peor. Y alguna otra madre gritando muchísimo más que yo. Y eso da un descanso…

Con cacas no hay paraíso

(18/01/2013) Con cacas no hay paraíso

Ayer me pasó algo sobrecogedor que creo marcará mi vida vecinal de ahora en adelante. Por circunstancias que no vienen al caso subí cinco minutos a casa de mi vecina a eso de las nueve de la noche y allí descubrí que otra vida es posible.

Al salir de mi casa tuve la sensación de que dejaba atrás un campo minado, el escenario de una batalla medieval con decenas de pollos pisando charcos de comida y carros llenos de paja apostados por las esquinas. Una vivienda desordenada con olor a coliflor rehogada y a daditos de emperador.

Cuando salí al descansillo y subí los quince escalones que separan ambas puertas sentí que ascendía a otra dimensión, mucho más silenciosa y apacible que la mía. Tras tocar el timbre me abrió una mujer peinada y de inmaculada camisa blanca, que con el batir de la puerta hizo llegar hasta mí un indescriptible olor a limpio. A azahar. A azucenas. A hierba luisa o verbena olorosa. A gitanillas. A yo que sé. A todas esas cosas ricas a que huelen las casas que no huelen a coliflor.

Sus hijos, dos adolescentes ya de quince o dieciséis años, le ayudaban a poner la mesa mientras comentaban en un volumen normal la conveniencia o no de los carbohidratos pasada la media tarde. Hablaban por turnos, sin gritar, sin pisarse, sin acusarse y sobre todo, sin tirarse tractores a la cabeza. Las puertas que separaban cada estancia de la casa eran todas del mismo color, uniformes, sin rayajos ni churretones de yogur de esos que descienden vertiginosamente en caída libre hacia el suelo porque careces de manos libres para detenerlos.

Los cuadros rectos, las paredes lisas, el parqué libre de artefactos, las luces apagadas, los grifos cerrados…¡estaba en el paraíso!

Mentiría si no dijera que me sentí fuera de lugar, sobre todo cuando en uno de mis gestos vi que tenía la manga llena de migas de pan y una mancha de procedencia dudosa en el meñique de la mano izquierda. Podría ser harina, podría ser huevo seco, o podría ser cualquier otra cosa, para qué nos vamos a engañar.

- Es que tengo hijos pequeños – alcancé a decir en modo disculpa. Y dicho esto me volví a mi casa arrastrando los pies, intentando mantener vivo en el recuerdo ese remanso de paz, esa casa de revista, ese peinado imposible, ese cocinar sin manchar…

Había olvidado las llaves dentro así que tuve que aporrear la puerta como en los Picapiedra y esperar pacientemente hasta ser oída entre el llanto de la pequeña, los gritos de siux del mayor y la televisión a decibelios desproporcionados. Pablo abrió la puerta con un hijo mordiéndole en cada pierna al tiempo que decía…

- Llegas justo a tiempo. Tu hija acaba de hacer caca.

…Y bien… nada como un buen jarrito de agua fría para volver a la realidad…

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