Las chantajistas

DICIEMBRE 2013

Todo madre que se precie ha dicho alguna vez aquello de… si haces esto te dejo hacer lo otro. Yo lo utilizo tanto con mis tres hijos que me siento una madre chantajista en toda regla.


Las chantajistas

27/12/2013

Son miles las aptitudes nuevas que una aprende cuando se convierte en madre, pero ninguna me ha sorprendido tanto como esta capacidad para el soborno y la compraventa de besos que he desarrollado desde que los niños se han ido haciendo mayores.

Creo que he recurrido en tantas ocasiones al socorrido recurso de "Si haces A, te doy B", eso que los psicólogos gustan en llamar refuerzo positivo, premio, incentivo… que ahora lo utilizo sin mesura ninguna, a todas horas del día. El problema consiste en saber en qué momento pasa de ser un refuerzo a convertirse en un caso de soborno en toda regla, penado por la ley y muy mal visto, la verdad, una cosa muy fea.

…Si me acompañas a comprar quizá te traigas a casa un buen bollo de chocolate…
…Si me das un besito largo, largo, te dejo cenar con kétchup…

Dicho con marcada zalamería y entonación musical igual parece una bromita materna, pero si cambias el tono, por hartazgo, mal día, o qué sé yo, el refuerzo positivo trasmuta inmediatamente en un chantaje al más puro estilo del hampa rusa.

…Hasta que no hagas los deberes no te doy el fórmula uno…
…Tú sigue jugando en la mesa, verás cómo te quedas sin postre…

Y me pregunto, ¿en qué momento nos convertimos en unas chantajistas emocionales, acostumbradas a conseguir cosas de nuestros hijos a cambio de otras? ¿Se puede llegar a convertir en hábito?

Pues sí. Yo creo que me he acostumbrado tanto a chantajear en casa que ya hasta lo hago fuera. Hace tres días mi jefe me pidió el resumen trimestral del nuevo proyecto y le dije que sólo se lo daría si me dejaba cogerme el viernes. Me miró con cara de no entender absolutamente nada. Normal. Cuando me di cuenta de que la inercia me manejaba y que en mitad de la discusión estuve a punto de exclamar con el dedo índice en alto "¡Pues si no me cojo el viernes no ves el informe ni en pintura!", decidí ir a tomarme una tila. ¿Qué me estaba pasando?
Justo en el momento en que me dirigía a su despacho para pedirle disculpas, me crucé con él por el pasillo y me soltó en mitad de un susurro...
- Margarita, si no tengo el informe en mi mesa en una hora, despídete de tu bono anual.

Donde las dan, las toman, que diría mi madre…
Definitivamente, el mundo se está volviendo loco.

Diciembre el mes del estrés de las madres

20/12/2013

Diciembre es el mes donde las madres podemos morir de estrés, no lo dice ningún informe, pero como madre de tres hijos os aseguro que es nuestro "estrésmes".

Todo cambia cuando eres madre, esa cantinela ya nos la sabemos de memoria pero es que cambia todo, hasta la percepción de los meses. Os cuento.

Cuando no existían mis tres polluelos para mí diciembre era el mes más molón del calendario, ahora también pero no nos engañemos, de una manera un poco frenética. Antes era el mes de enlazar una juerga tras otras. Que si cena por aquí con la pandilla de amigos, fiesta nocturna con los de la facultad, aperitivos sin pasar por clase… las juergas eran las protagonistas de este mes.

Ahora todo se limita a la cena de empresa, si vas, que no es difícil que de tres niños, uno se ponga con fiebrón esa misma tarde y a una que es muy madre, le de cargo de conciencia irse a mover el esqueleto con los compañeros del trabajo.

El resto de juergas se limitan a los polvorones que te tomas después de la actuación de tus retoños, en una clase llena de padres y niños disfrazados, a 50 grados centígrados y exhausta porque no has comido porque si no, no llegabas a la función. Eso sí, el orgullo de ver a tu molino, langostino y mula en acción no tiene precio oiga.

Luego está el tema regalos, cuando eras joven lo dejabas todo para el último momento y andabas el día 5 de enero, a la hora de la cabalgata precisamente, comprando los regalos con el agua al cuello. Ahora no, es llegar finales de noviembre y atesoras los catálogos de juguetes como una loca. Los recopilas como un tesoro, uno tras otro en casa, para tenerlos TODOS y pasas noches enteras comparando precios y ofertas, a la vez que intentas disuadir a tu hijo de que no se pida un coche más porque no nos caben.

Así pasa el mes de diciembre, entre hacer disfraces para el festival del cole, comprar todos los regalos antes de que se agoten y suspirando para que tu madre y tu suegra te digan que vas a mesa muestra y no hace falta que lleves nada. Porque eso cuando eres madre también cambia. Antes te recibían con los brazos abiertos cuando llegabas a cenar después de haber estado todo el día con los amigos de aperitivo. Cuando eres madres eso se acabó, el arte de no ir con las manos vacías a las casas debe de venir con la bolsa del hospital cuando das a luz y ya nunca más irás a mesa puesta. En el mejor de los casos llevarás algo, en el peor, ya eres madre y te puede tocar organizar alguna cena en tu hogar.

Eso sí, vivir las navidades rodeados de niños es de lo mejor del mundo, se viven y se disfrutan de una manera diferente, así que queridas madres, tengan ustedes una muy ¡Feliz Navidad!

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De marcha madres

De marcha con las madres del cole

13/12/2013

Cuando eres madres lo de salir de marcha se limita a tomarte una cerveza en los parques de bolas donde invitan a tus hijos a los cumpleaños, hoy dejamos a los niños en casa y somos las madres las que nos vamos SOLAS.

No recordaba la última vez que había salido a tomar algo por la noche, así que cuando las madres del cole propusieron una cena de "chicas" no dudé en apuntarme. Cuando una empieza a llevar a sus hijos al cole mira a las madres de refilón a la puerta de cole. Con mirada inquisidora analizas con cual podrías llegar a congeniar y con cual no y poco a poco pasan los meses y de un hola, buenos días o vaya frío, pasas a formar parte de un grupo de whatshapp. De ahí a quedar a tomar un café pasa un mes y cuando te quieres dar cuenta estás organizando una cena. Ante la posibilidad de hacer el ridículo, una semana antes analicé mi armario pensando qué ponerme. Tras tres embarazos y dada mi poca vida social, mi armario se resume en ropa amplia digna de Demis Rousso, pasada de moda y con muy poco glamour, para que vamos a engañarnos. Presa de un ataque de pánico pensé en anular mi presencia pero al final conseguí por una amiga, una bonita camisa y subida a mis tacones salí dispuesta a disfrutar de la noche. Tacones, ¡quien me mandaría ponérmelos! Desde el primer embarazo que me bajé de ellos solo los uso para bodas, bautizos y comuniones y claro, la falta de costumbre hacía que pareciera un pato mareado.

Salir de juerga con amigas madres tiene de bueno que empatizas, así que éramos un grupo de patos mareados subidos a unos tacones, pintaditas y con bolsos tan pequeños que por la falta de costumbre, los íbamos dejando olvidados en todos los lados.

Cenamos la mar de bien, charlando y conociéndonos un poco más, hablando de los niños, el cole y todo aquello que nos ha unido, todo muy happy hasta que llegó el momento de la copa y el baile.

Ay madre! No recuerdo la última vez que había salido a bailar. Nos reímos mucho y es que la noche ya no es nuestra, han pasado un par de generaciones por lo menos y claro… se nota. El pinchadiscos de toda la vida osease "dijey" como se dice ahora, era tan joven y su acné le delataba tanto, que cuando le pedimos "Sabor de amor" no sabía si le estábamos tomando el pelo.

Lo mejor es que al vernos solas a las nueve, se pensaban que éramos una despedida de soltera… ¡a nuestra edad! Nos hijos míos no, somos mamis con ganas de marcha, de bailar y de pasar un buen rato. Estas cosas te reconcilian con el mundo, aunque no conozcas ninguna de las canciones que suenan a la hora que tú habitualmente estás dando un bibe o calmando terrores nocturnos.

Lo peor cuando a las dos horas de meterte en la cama, con los pies destrozados por los tacones y después de tanto bailoteo, tu hijo se despierta después de haber dormido diez horas fresco como un brócoli... Ufff, que me quiten lo bailado, nunca mejor dicho.

Traeme tila

Cuando vuelvas, tráeme tila

06/12/2013

El silencio con niños en casa no es buena señal, sólo puedes estar tranquila si están dormidos. Tranquilidad en casa es sinónimo de trastada, os cuento la última de mi benjamina.

Siempre he pensado que el mayor peligro para los más pequeños es su propia casa y que si no tenemos cuidado, un bebé puede enfrentarse a tantos peligros como si viviera en el mismo centro de la selva. Sí, quizá suene en extremo sobreprotector, pero ni todos los ojos del mundo son suficientes cuando un bebé empieza a ser móvil y mínimamente autónomo.

Cuando nació el mayor, Pablo y yo estuvimos tres días andando a gatas por la casa para ver en primera persona, y desde su misma perspectiva, los peligros a los que el peque tendría que enfrentarse. Obviamente no se lo contamos ni a nuestros amigos ni a nuestros familiares por temor a que pensaran que el embarazo y el parto nos habían traumado y/o dejado gagá.

Después de esos paseos, alejamos de su vista y de su altura todo tipo de objetos contundentes, cortantes o punzantes, objetos que antes danzaban a su antojo por los rincones dado que vivíamos en la casa de un matrimonio sin hijos.

Durante años estuvimos muy pendientes de disfrazar enchufes, proteger esquinas, candar puertas…cualquier cosa con tal de salvaguardar la integridad de nuestros pequeños vástagos… pero llega un momento en que te relajas y ¡zas! el drama te pilla por sorpresa.

Está claro que no había forma humana de que yo pudiera saber las intenciones de mi hija con respecto a las pinturas que sus hermanos guardan en la caja de las manualidades, pero quizá debería haber sido un poco más avispada y haberla alzado metro y medio sobre el suelo. Ayer por la tarde, mientras los dos mayores terminaban su merienda, la pequeña aprovechó para decorar las paredes de mi habitación con un mural tipo Altamira la mar de cuco. Verdes, ocres, anaranjados…toda una gama de colores esplendorosos que le daban a las paredes cierto aspecto undeground. Lo que siempre quise, oye.

Cuando entré en mi habitación, atemorizada por el silencio que impregnaba toda la casa y la vi escondida tras la cama, con las manitas cuajadas de pinturas de colores y ya no hizo falta mirar más allá. Sabía que mi habitación había sido redecorada y punto. Con toda la parsimonia de la que fui capaz, ósea poca, la saqué de allí en volandas y la deposité con mimo junto a sus hermanos para desconectarla rápidamente de su momento creativo, no fuera a ser que la vena artística le hiciera redecorar también colcha y cojines. Este hecho no debió gustarle nada, a juzgar por los gritos y manotazos con los que me obsequió.

Pasé el resto de la tarde preguntándome si borrar definitivamente el mural o dejarlo allí per secula seculorum, para ver si la tele se decidía a venir a vernos como hicieron con las Caras de Bélmez. Mientras me decidía, hice una foto y se la mandé a su padre con un sencillo mensaje: Cuando vuelvas, tráeme tila.

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