Abril  - 2012

ABRIL 2012

¿Conoces a Margarita? Está casada, tiene tres hijos, un marido y mes a mes nos cuenta sus aventuras como madres, seguidla, es increíblemente divertida, ¡y con seguridad muchas de vosotras os sentiréis identificadas con las cosas que cuenta! Aquí tenéis su presentación en sociedad y un par de divertidas anécdotas.


Margarita se presenta en sociedad

(01/04/12)

La verdad es que jamás de los jamases me había propuesto yo escribir un diario, si digo otra cosa miento, pero desde que tengo tres hijos y poco espacio libre en el cerebro para almacenar información que no sea de extrema necesidad, siento cada vez más la urgencia de ir apuntándolo todo, no vaya a ser que un día me olvide de mi nombre y no me dé cuenta hasta varios días después. Que todo puede ser.

Hola a todos, ¿cómo estáis? Me llamo Margarita, tengo 39 años, tres hijos, un marido y una fobia totalmente desproporcionada a las alturas y a las faldas-pantalón, lo reconozco. Trabajo en una gran empresa y tengo un jefe que me trae y me lleva por la calle de la amargura, de un lado a otro, así todo el rato. Mi vida trascurre normalmente con el cuerpo corriendo hacia todos los lados como un pollo loco y la cabeza olvidada por los rincones. Aunque corro que me las pelo siempre tengo la sensación de no llegar nunca a tiempo a ningún lado. Da igual lo que haga y la velocidad de plusmarquista que llegue a alcanzar. Siempre hay algo que se me escapa. Pero ya no me importa, hace años que renuncié a la perfección y a llevar las manos constantemente hidratadas. Lo que no se puede, no se puede, y además, es imposible.

Mi marido, Pablo, trabaja sin parar. Tiene horarios bastante feos y poco amistosos, lo que nos obliga a hacer constantes malabares para cuadrar agendas. De muchos atolladeros nos saca la buena de Elvira, la asistenta que lleva más de 8 años con nosotros. Si no fuera por ella no sé cómo podríamos sobrevivir a veces.

Mis hijos son igual de maravillosos que de cansinos, para qué nos vamos a engañar. Siempre quise tener 4 hijos pero después de nacer la pequeña creo que nos hemos plantado. Fuertes, como los robles. Bastante tenemos ya con Víctor, de 7 años, Bruno de 5 y Marina de 11 meses. A no ser que me caiga y me dé un golpe en la cabeza, muy probablemente ésta será toda mi descendencia. Y ya es, que conste, que supero en un hijo y tres cuartos la media del país.

Desde hoy mismo pido disculpas por los días en que tendréis que soportarme al más puro estilo dramático. Los conozco bien y sé que más tarde o más temprano, aparecerán. También tengo días buenos, ojo, y entonces soy inmensamente feliz. Será un placer ir contándoos diariamente mis andanzas, que seguro os resultarán familiares. Excepto un lunar en forma de estrella de mar en el muslo izquierdo que cambia de color según la estación del año, por lo demás soy una mujer muy normal. Mi vida no, pero yo sí, se lo juro.

Un placer conoceros…

Sin tacones y a lo loco

(20/04/2012) Sin tacones y a lo loco

Esta mañana cuando ha sonado el despertador, sólo por unos segundos, deliciosos segundos, he creído que todo había sido un sueño. Elvira seguía con nosotros, todos éramos felices, ingeríamos perdices y salíamos guapísimos en las fotos. Pero no. Desde la pila, los cacharros sucios de anoche me saludaban ajenos a todo, flotando como en un jacuzzi, sin que nadie fuera a hacer nada por acudir a rescatarlos del agua hasta esa noche. Con las horas que son, como para hacerlo yo antes de irme a la oficina...claro, y también podría hacerme un tatuaje de henna, un moño italiano y un maquillaje permanente de pestañas…

Sin darle muchas vueltas ni sufrir más de lo necesario nos hemos puesto a funcionar como locos, y como cada mañana. Entre Pablo y yo hemos conseguido, no sin ciertos esfuerzos previos, despertar a los niños, vestirles y darles de desayunar. Luego los hemos metido en el coche a presión y, bajo amenaza de no volver a comer chocolate en un mes si no dejaban de pegarse, Pablo se los ha llevado corriendo al cole. Despertar a Marina ha sido un poco más doloroso. Aún con el pijama puesto y enroscada en una manta, la he colocado en su sillita mientras llamaba a mi madre para implorar ayuda. “Mami, te llevo a la niña. Elvira nos ha dejado y llego una hora tarde a la oficina. Te cuento todo cuando llegue”.

La cara de la abuela lo dice todo al verme entrar en su casa con la niña en brazos; una extraña mezcla de compasión, amor inmenso y dudas de si me había dado tiempo a peinarme por la mañana o no. “Margarita, hija, ¿te hago un colacao?” – me dice de forma amorosa. “No, madre, gracias, tengo que cruzarme la ciudad entera para llegar a tiempo a una presentación que ni siquiera me ha dado tiempo a preparar”. Antes de ponerme a llorar como las magdalenas me despido de la peque con cientos de besos y me meto corriendo en el coche. Al sentarme descubro que Pilina, la muñeca raída, duerme aún en el asiento trasero. Regreso corriendo a casa de mis padres para dejarla también en custodia y al salir, tropiezo con el felpudo en mi loca huida y me rompo un tacón. Un tacón bastante caro, por cierto, pero por suerte conservo intactos los dientes, a los que aprecio infinitamente más.

Y sólo son las 9 de la mañana. Mi día promete.

Supero como puedo el resto del día navegando entre reuniones, ladridos de mi jefe, mails sin contestar, compras de víveres frescos para la cena, más reuniones, más ladridos y cientos de llamadas a amigas con contactos en el mundo del servicio doméstico. Y todo ello cojeando por la falta del tacón derecho y con un inmenso dolor de cabeza por la falta de un buen ibuprofeno en el bolso.

Suplico a mi jefe que me abra la puerta de la jaulita un poco antes y así llegar con tiempo de recoger a los mayores del cole y a continuación ir a por la peque a casa de mi madre. Todo muy pausado y sin apenas correr, como de costumbre. Tras las cenas, los baños y los cuentos, a las 21:30h doy por concluida la jornada y me duermo sin remisión en el sofá. Sin remisión y sin haber visto el tercer y último episodio de Lluvia de Gavilanes. Si es que así no se puede…

¿Y yo que me pongo?

(27/04/2012) ¿Y yo que me pongo?

La improvisación en la vida de una madre es el pan nuestro de cada día. Nunca sabes cuándo te va a tocar cantar a capela tres baladas tranquilizadoras en la parada del autobús, convertirte en enfermera titulada o fabricar una bomba con un chicle y dos horquillas.

Por eso cuando me llamó mi amiga Esther para pedirme que le acompañara a una gala de premios Nosequé porque su marido estaba con gripe en la cama, no me lo pensé ni un momento. Le habían regalado las entradas en su trabajo y ella tampoco quería perdérselo por nada del mundo. Faltaban sólo tres horas para el evento pero me veía perfectamente capaz de detener el tiempo y estirarlo a mi antojo. Que soy madre, hombre, en peores ruedos habré lidiado, seguro…

Lo primero, conseguir que mi marido, mi madre o mi suegra llegaran a tiempo para quedarse con los niños, darles la cena y lidiar con ellos hasta que cayeran agotados en la cama. Conseguida la primera prueba con más facilidad de lo que me esperaba, debía enfrentarme al segundo problema…¿Qué me iba a poner? Una pregunta que tiende a martillearme la cabeza con demasiada frecuencia. Cuando abrí el armario me encontré con un arsenal de prendas desproporcionado y tremendamente confuso.

Hasta entonces no me había dado cuenta de que allí habitan pantalones, faldas y vestidos de las tallas 38, 40, 42 y 44, dependiendo de si me los compré antes de embarazarme, durante o después. Eso sí, los vestidos más elegantosos, aquellos que llevan un letrero en la espalda en que se puede leer “Hoy me siento cañón” no me pasaban de las rodillas. ¡Ni siquiera pude llegar al medio muslo con tres de ellos!. Después de intentarlo hasta en seis ocasiones, tiré un zapato con fuerza al mismo centro del espejo y me eché sobre la cama a llorar. ¿Qué podía hacer si no? ¿Dieta exprés para bajar siete kilos en tres horas…? Hombre por favor…

Sopesé irme en albornoz, ponerme una túnica de ésas que utilizo los pocos días en que huelo la playa o llamar a mi suegra para pedirle algo prestado, porque con total seguridad su perímetro corporal es bastante superior al mío. Justo antes de entrar en pánico y llamar a Esther para decirle que había pillado la misma gripe que su marido, me dio por improvisar.

¿No utilizan los estilistas esa famosa mezcla de estilos que hace furor en todas las revistas de moda? Pues yo no iba a ser menos…

En diez minutos tiré sobre la cama toda la ropa que me entraba, dividiéndola en tres grandes grupos:

  1. Efecto ‘arreglada pero informal’
  2. Efecto ‘rural chic’
  3. Efecto ‘¿pero de qué te has disfrazado, mujer?’

Una vez eliminadas de la decisión todas las prendas pertenecientes a la opción C y aquellas pasadísimas de moda de las otras dos opciones, sólo me quedaba la ropa de embarazada y dos chaquetas con pelotillas. Las combinaciones entre elementos no me llevaron más de diez minutos. ¡Todo me quedaba horrible! Estaba al borde del grito con horror cuando mis ojos detectaron un camisón monísimo, sin estrenar, que conservaba intacto por la pena que siempre me ha dado ponerme semejante pieza para irme a la cama. Negro, de tirantes y con encaje en el vuelo de la falda, parecía tener todos los elementos necesarios de un vestido de fiesta glorioso. Y entonces me dije… ¿Oye, y por qué no…?

Dicho y hecho. Camisón, una americana encima y el pelo recogido en ese estilo “Parece que no me he peinado pero llevo una hora frente al espejo” y todo resuelto. ¡Hasta a mí misma me sorprendió el resultado frente al espejo!

La gala fue espectacular, mucha gente famosa a la que una no está acostumbrada a ver más que en la tele y muchos canapés riquísimos que pude ingerir a manos llenas sin miedo a que me estallara ninguna cremallera. Dudo si tras el ágape alguien se refirió a mí como “ésa que ha venido en pijama”, pero a mí, plin, ¡os juro que disfruté la noche como una quinceañera!

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